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Alfonso V "el Magnánimo"
Rey de la Corona de Aragón (1396<1416-1458>1458)
Rey de Sicilia (1416-1458)
Rey de Nápoles (1442-1458)

Genealogía


Su reinado

El futuro Alfonso V nació, probablemente, en Medina del Campo (Valladolid) en diciembre de 1396. Su padre fue el infante Fernando, hijo segundo del rey Juan I de Castilla de la dinastía Trastámara y de Leonor de Alburquerque.

El siete de septiembre de 1412, cuatro días después de que su padre, que había sido proclamado rey de la Corona de Aragón como Fernando I en el Compromiso de Caspe (Zaragoza), jurara los fueros, usos, costumbres y libertades del país en Zaragoza, Alfonso fue declarado heredero legítimo después de haber jurado los mismos fueros.

En junio de 1415, Benedicto XIII, único antipapa que quedaba del Cisma de la Iglesia después de la abdicación voluntaria del antipapa Gregorio XII y la destitución de Juan XXIII en el concilio de Constanza (Alemania), ofició en la catedral de Valencia la boda, tras conceder la dispensa por parentesco, entre el infante Alfonso y su enfermiza prima hermana María, hija del rey Enrique III de Castilla. Matrimonio que Fernando I había pedido en la primavera anterior en cumplimiento de una cláusula testamentaria del difunto rey que lo disponía.

En abril de 1416, Fernando I murió víctima de una enfermedad renal en Igualada (Barcelona) y fue sucedido por su hijo Alfonso V.

En el otoño de aquel año, el estamento nobiliario de las Cortes de Barcelona negó la ayuda solicitada por Alfonso V para guerrear contra la república de Génova (enemiga y competidora comercial de la Corona en el Mediterráneo). El motivo fundamental de la negativa era el desacuerdo con la posición del rey que favorecía la creación de los sindicatos remensas (asociaciones de defensa de los campesinos sujetos a las tierras de un señor, al que tenían que pagar para abandonarlas), y de que solamente los castellanos ocupasen los cargos importantes de la Corona. La asamblea designó una comisión de catorce personas para lograr una nueva convocatoria en la que se discutieran aquellos asuntos e intentar imponer al rey sus reivindicaciones de orden político, administrativo, social y jurídico, que no habían sido resueltos en las Cortes de Montblanch (Tarragona) de 1414.

Entre 1416 y 1417, Alfonso V, siguiendo la política de su padre sobre el Cisma de la Iglesia y en contra de la opinión de los obispos seguidores del antipapa Benedicto XIII, envió a siete delegados para que participaran en el concilio de Constanza, donde se eligió en noviembre a Martín V como único papa.

En 1418, delegados de las principales ciudades de los reinos se concertaron para quejarse al rey, como ya había ocurrido en 1416, de que empleara solamente castellanos para el servicio de la Corona; y pedirle que consultara a los respectivos representantes para su provisión. Alfonso V no atendió a sus razones y continuó otorgando nombramientos según su parecer. Fue el caso, entre otros, del castellano Álvaro Garabito, al que nombró "baile" (juez) general de Aragón, o la designación del aragonés Berenguer de Bardají como “justicia de Aragón” destituyendo a su titular Juan Jiménez Cerdán en contra de los fueros y costumbres de aquel reino, lo que provocó un gran escándalo.

En mayo de 1420, Alfonso V, después de haber conseguido financiación para armar un ejército y una flota de veintitrés galeras y cincuenta naves de diferentes tipos, dejó el gobierno del reino como lugarteniente a su esposa la reina María y, llevando con él a su hermano el infante Pedro, partió hacia Cerdeña, isla perteneciente a la Corona de Aragón desde su conquista por el rey Jaime II “el Justo” entre 1323 y 1326. Su propósito era acabar con la rebelión, que surgía intermitentemente apoyada por Génova. Un mes más tarde, después de desembarcar en la ciudad sarda de Alguer, donde estaba el conde Artal de Luna combatiendo a los rebeldes, sofocó el conflicto en pocas semanas. Después compró por cien mil florines al vizconde de Narbona, principal caudillo de la resistencia, sus derechos de herencia de la casa sarda de Arborea. A continuación se dirigió a la isla de Córcega, que estaba en gran parte dominada por los genoveses, para ejecutar el derecho de conquista convenido en el “tratado de Anagni” firmado en 1295 con el papa Bonifacio VIII, Felipe IV de Francia y Carlos II de Nápoles, que no se había ejercido y donde nunca un rey de la Corona había estado. En el primer ataque realizado en agosto, Alfonso V, apoyado por un partido antigenovés capitaneado por Vicentello de Istria, logró rendir la plaza de Calvi, en la costa norte, al cercarla por tierra y mar.

En ese mes de agosto, Alfonso V recibió en Alguer una embajada napolitana enviada por la reina Juana II, de la rama dinástica francesa de los Anjou-Durazzo (angevina), que le pedía ayuda porque estaba siendo sitiada por el condotiero (capitán de tropas mercenarias) Muzio Attendolo “Sforza”, que de estar a su servicio había pasado a atacarla, y por el también angevino Luis III, príncipe francés de la rama legitimista de Anjou y nieto del rey Juan I “el Cazador” de la Corona de Aragón, que estaba presionando al papa Martín V para que le reconociera como heredero del trono napolitano a carecer la reina de uno. (Este príncipe fue uno de los pretendientes a la Corona de Aragón en el Compromiso de Caspe). El rey aragonés aceptó prestar el auxilio cuando los embajadores le ofrecieron obtener el reino de Nápoles como si fuera hijo legítimo y heredero de la reina, recibir el ducado de Calabria y los castillos de Novo (Nuevo) y del Ovo (Huevo) que protegían la ciudad de Nápoles. Inmediatamente, Alfonso V envió a esa ciudad una flota al mando de Ramón de Perellós que obligó a Luis de Anjou a levantar el sitio en septiembre. Tras lo cual, los aragoneses fueron recibidos en la ciudad triunfalmente, tomaron posesión de los castillos y, aunque ausente, Alfonso V fue jurado como sucesor del reino.

En octubre, Alfonso V comenzó el asedio de la ciudad de Bonifacio situada en la costa sur de Córcega. Dos meses más tarde estuvo a punto de tomarla, pero los sitiados recibieron un refuerzo de ocho galeras genovesas que derrotaron a las naves aragonesas. Ello les permitió seguir resistiendo.

En enero de 1421, Alfonso V dejó que sus tropas continuasen el sitio y se dirigió a Cagliari (Cerdeña), donde celebró un parlamento para resolver asuntos de aquel territorio. Lo mismo hizo en Mesina (Sicilia) donde permaneció desde mayo hasta junio. En ambas asambleas consiguió fondos para la expedición a Nápoles.

En ese mes de junio, ante la imposibilidad de vencer la resistencia de los corsos, Alfonso V ordenó levantar el sitio de Bonifacio y dejó que Vicentello de Istria continuase enfrentándose a los genoveses.

A finales de julio, Alfonso V llegó con una flota aragonesa-siciliana a Nápoles. Pocos días después, ya en septiembre, fue confirmado como hijo y heredero de Juana II y nombrado virrey y lugarteniente general del reino. Aquella reina que le recibía como un libertador era la misma que en 1415 había prometido casarse con el infante Juan, hermano de Alfonso V, y que luego le rechazó para casarse con el conde francés de la Marche, al que más tarde persiguió, encerró y desterró.

En octubre, Alfonso V, aliado con el duque de Milán, Felipe María Visconti, venció a los genoveses y a Sforza en la batalla naval de la Hoz Pisana (desembocadura del río Arno en Pisa). Con esta acción, el duque de Milán se hizo con la república de Génova. Esta victoria, y otras que la sucedieron, provocaron el recelo de muchos dirigentes de las repúblicas italianas, entre ellos el duque de Milán y el papa Martín V, que vieron un peligro en el incremento de poder del rey aragonés en Italia

En 1422, a pesar de que el papa era contrario a Alfonso V, sus triunfos le llevaron a confirmar por bula apostólica la adopción de la reina Juana II y el derecho de sucesión del rey aragonés al reino de Nápoles.

En ese año, Alfonso V recibió embajadores del rey Juan II de Castilla que le reclamaba la entrega de su hermana Catalina, esposa el infante Enrique, y la de los demás refugiados castellanos que habían huido a Aragón tras la prisión del infante, maestre de la orden de Santiago y hermano de Alfonso V, dictada por el rey castellano. Diplomáticamente, Alfonso V contestó que la respuesta la llevarían sus propios embajadores.

Durante su estancia en Nápoles, Alfonso V se comportó como si ya fuera el soberano ejerciendo atribuciones que como heredero de Juana II no tenía. Como consecuencia de ello, la relación entre la reina y rey aragonés se enfrió y se produjo una gran desconfianza que les llevó a vivir en castillos diferentes por seguridad. El rechazo llegó a tal extremo, que la reina Juana II comenzó a intrigar contra Alfonso V apoyándose en su senescal Giovanni Caracciolo y en Sforza, que había vuelto a cambiar de bando.

A principios de 1423, Alfonso V despachó embajadores a Valladolid con una comedida respuesta en la que sólo se negaba a entregar a los exiliados. Ello permitió al condestable (jefe del ejército) de Castilla, Álvaro de Luna, completar el expolio a los vencidos, que había iniciado tras la detención del infante Enrique.

En mayo, Juana II y sus dos cómplices decidieron asesinar a Alfonso V. Para ello enviaron al senescal Caracciolo para invitarle a un acto en el castillo de la reina. Enterado Alfonso V de la conspiración, encarceló al senescal y, acompañado de tropas, intentó prender en su castillo a la reina. No lo consiguió porque Juana II ordenó cerrar las puertas y defenderse con ballesteros desde las almenas. A continuación, tras la petición de auxilio de la reina, Sforza llegó con sus tropas y con las de algunos aliados que se enfrentaron en las calles de Nápoles con los aragoneses con un resultado desfavorable para estos últimos, que tuvieron que refugiarse en los castillos Novo y del Ovo donde fueron sitiados.

En junio, llegó oportunamente a Nápoles una flota desde Barcelona que cambió drásticamente la situación, ya que Alfonso V pudo atacar con furia a la ciudad por tierra y mar. Después de luchar durante dos días, Sforza y sus aliados se retiraron, no sin que el condotiero lograse sacar a la reina de su castillo y ponerla en salvo en Nola, cerca de Nápoles, donde revocó la adopción de Alfonso V y nombró nuevo heredero al angevino Luis III de Anjou. La ciudad había quedado en poder de Alfonso V, pero el nuevo heredero, Sforza, el duque de Milán y el papa se confederaron para recuperar todos los territorios tomados por Alfonso V en el reino de Nápoles.

En octubre, tras recibir noticias de las dificultades que atravesaban sus hermanos, “los infantes de Aragón” en sus enfrentamientos con la rama castellana de los trastámaras en Castilla, en particular con el privado del rey Juan II, Álvaro de Luna, y al necesitar refuerzos económicos y militares para resistir a los confederados, Alfonso V decidió regresar a Barcelona. Poco antes había conquistado la ciudad de Ischia y su castillo, situados en una pequeña isla junto a Nápoles. Desde allí, Alfonso V se embarcó y dejó la ciudad al mando de su hermano el infante Pedro. Un mes más tarde, al pasar la flota aragonesa ante Marsella (actual Francia), perteneciente a Luis de Anjou, y comprobar que se encontraba desguarnecida porque sus tropas estaban en Nápoles, la atacó y saqueó durante tres días.

En enero de 1424, Alfonso V llegó a Barcelona tras haber arribado en Palamós (Gerona) el mes anterior. Su primera actuación fue la de preparar una escuadra para socorrer a la guarnición aragonesa que había quedado en la capital napolitana para defender sus intereses sucesorios al trono de Nápoles. A continuación se dirigió a Valencia para elaborar un plan en colaboración con el grupo de exiliados castellanos que lograra la libertad del infante Enrique y su reposición del maestrazgo de Santiago, y también provocar la ruptura entre el infante Juan y Álvaro de Luna. Con la concordia entre los dos infantes, Alfonso V pretendía recuperar el poder político en Castilla y las cuantiosas y ricas posesiones que tenían en aquel reino.

En ese mismo mes, Muzio Sforza, que intentaba reconquistar la sublevada ciudad de Aquila, situada en el centro de Italia, se ahogó en un río al intentar salvar a uno de sus hombres. Fue sustituido en el mando de sus tropas por su hijo Francisco Sforza.

En abril, después de que una ofensiva en la que los confederados tomaron Gaeta (ciudad portuaria al norte de Nápoles) y otras ciudades de Calabria y del territorio de Tierra de Labor, conquistaron Nápoles. El infante Pedro sólo pudo sostenerse, acompañado de escasas tropas, en los castillos Nuevo y del Ovo.

En junio, los embajadores de Alfonso V se presentaron ante la corte castellana para, secretamente, captar a algunos de los nobles más importantes que pudieran dividir al Consejo de Castilla; y, oficialmente, para pedir una reunión de los dos reyes que solventara el problema de la prisión del infante Enrique. La primera pretensión fracasó completamente, y a la segunda se opuso informalmente el Consejo, dominado por el infante Juan y por Álvaro de Luna. Ante ello, los embajadores solicitaron que fuese María, reina de Aragón y hermana de Juan II, la que pudiera acudir a Castilla. Aunque con renuencia, la visita fue aceptada, pero se esperó a septiembre para que los embajadores castellanos acudieran ante Alfonso V para fijar una fecha. Para entonces, Alfonso V ya sólo quería la libertad del infante sin necesidad de negociar, y estaba dispuesto a entrar en Castilla con tropas. Ante la posibilidad de la invasión, Castilla fortificó sus castillos fronterizos.

Posiblemente en ese mes fue cuando llegó a Nápoles la flota enviada por Alfonso V, que estaba compuesta de veinticuatro galeras al mando de Fadrique de Aragón, hijo bastardo del difunto rey de Sicilia Martín I “el Joven”. Ante la imposibilidad de sostener las posiciones, el infante Pedro y sus tropas aragonesas embarcaron y se dirigieron a Sicilia.

Entre agosto y septiembre, el infante Pedro, que tomó el mando de la flota de rescate con la decepción de Fadrique de Aragón, realizó una incursión a la mayor isla del pequeño archipiélago tunecino de las Querquenes (norte de África), cuyo saqueo permitió obtener un gran botín de esclavos.

En junio de 1425, con las negociaciones rotas, Alfonso V, que acusaba a Álvaro de Luna de querer usurpar el gobierno de Castilla y le hacía responsable del encarcelamiento del infante Enrique y del expolio de sus propiedades, salió de Zaragoza con sus tropas camino de la frontera. La respuesta de Juan II fue la de convocar a todos los grandes del reino en las Cortes de Palenzuela (Palencia) para que jurasen que se enfrentarían al rey aragonés si cruzaba la frontera. Los nobles partidarios del infante Enrique fueron los únicos que no acudieron a prestar el juramento. Finalmente, a primeros de agosto, Juan II autorizó al infante Juan para que saliese de Castilla provisto de poderes y se reuniera con Alfonso V para negociar la libertad del infante Enrique. Dichas negociaciones se celebraron durante la segunda quincena de aquel mes en Tarazona (Zaragoza) y acabaron a principios de septiembre con la firma del tratado de Torre de Arciel (Navarra), por el que, no sólo se acordó la libertad del infante Enrique, sino también la devolución de su cargo de maestre de la orden de Santiago y, además, la de los bienes patrimoniales y rentas que le fueron confiscados tras su detención. Pocos días después murió el rey Carlos III de Navarra, y el infante Juan fue proclamado en Tudela (Navarra) rey por ser consorte de la nueva reina Blanca I de Navarra, hija y heredera del fallecido rey.

En octubre, a pesar del desacuerdo del Consejo y sobre todo de Álvaro de Luna, Juan II extendió con renuencia el documento que restituía al infante Enrique sus bienes y honores. Pocos días más tarde el infante fue entregado a su hermano Alfonso V en Tarazona. Allí se puso de manifiesto que el ahora rey de Navarra era el paladín del bando aragonés en Castilla, y que comenzaba su pugna contra Álvaro de Luna.

También en aquel año, los genoveses, descontentos del gobierno del duque de Milán, pidieron protección a Alfonso V. Ello permitió al infante Pedro atacar al milanés en la costa genovesa, donde le tomó varias plazas. Ante el temor de perder Génova, el duque de Milán pactó con Alfonso V, a través de embajadores, levantar tropas en territorio aragonés para luchar contra los genoveses. Además, se comprometió a entregarle Calve y Bonifacio junto con otros castillos corsos. El cambio de situación fue, probablemente, la causa de que el infante Pedro pudiera regresar a Aragón.

En diciembre de 1426, los “hospitalarios” de la orden de San Juan de Jerusalén en la isla de Rodas (actual Grecia), en su guerra contra el sultán mameluco de Egipto, pidieron auxilio para su defensa. Alfonso V, ante la oportunidad de intervenir para salvaguardar los intereses comerciales de la Corona, firmó un acuerdo con el maestre catalán de la orden para obtener cien mil florines que permitiera armar una flota. Una parte sería pagada por las circunscripciones hospitalarias en Cataluña, y otra por la nobleza de sus reinos. Por causas desconocidas, el maestre anuló el acuerdo y tuvo que pagar a Alfonso V sesentaiún mil florines en concepto de compensación bajo la amenaza de secuestrar las encomiendas catalanas de la orden.

En febrero de 1427, Alfonso V consiguió que los maestres de las órdenes de Calatrava y de Alcántara, el adelantado mayor de León Pedro Manrique, y los infantes Juan y Enrique formaran una Liga de nobles que sirviera para derribar al condestable Álvaro de Luna con la excusa del bien de Castilla. Durante los meses siguientes, el infante Juan intentó forzar una negociación directa con el rey castellano para apartar del gobierno al condestable, pero éste lograba retrasarla.

A primeros de septiembre, los enemigos del condestable consiguieron que una comisión, en contra de los deseos de Juan II, dictase una sentencia para que fuera desterrado por un año y medio.

En febrero de 1428, el rey de Navarra y su hermano el infante Enrique, que habían tomado el poder desde el destierro de Álvaro de Luna, vieron como éste volvía a la corte como consecuencia de su modo despótico de ejercer el poder y de los continuos disturbios que hacían insostenible la situación política. Además, Juan de Navarra no contaba con la confianza de Juan II.

En julio, Álvaro de Luna puso en marcha sus planes para destruir políticamente a los infantes: Enrique fue enviado a la frontera con Granada con la excusa de una amenaza de la reanudación de la guerra, y su hermano Juan recibió del rey la orden de abandonar Castilla para reunirse en Navarra con su esposa la reina Blanca. Alfonso V, al interpretar aquellos hechos como una ofensa, comenzó a preparar una intervención armada contra Castilla.

A finales de mayo de 1429, ante la inminente invasión de Alfonso V y de su hermano el rey de Navarra, que ya tenían reunidas sus tropas en Tudela, Juan II encomendó a Álvaro de Luna la vanguardia del ejército castellano para que parase el primer choque; mientras él, con el grueso del ejército, conquistaba en tres semanas las villas de Medina del Campo, Cuéllar (Segovia) y Olmedo (Valladolid) pertenecientes al rey de Navarra. A continuación se plantó ante los muros del castillo de Peñafiel (Valladolid), defendido por el infante Pedro de Aragón, y declaró la guerra a Aragón y Navarra. Un día antes, Alfonso V y el rey navarro habían cruzado con sus tropas la frontera por Ariza (Zaragoza) y avanzaron hasta Hita (Guadalajara), donde se les había unido el infante Enrique con escasas tropas. Cerca de Espinosa de Henares (Guadalajara), la vanguardia de don Álvaro estaba preparada para enfrentarse al ejército invasor, pero la noticia de que Peñafiel se había rendido sin lucha y el rumor de que el rey Juan II llegaba con el grueso del ejército, pusieron fin a las escasas posibilidades de éxito de Alfonso V y sus hermanos.

A primeros de julio, Alfonso V y el rey de Navarra pudieron retirarse sin deshonor gracias a la mediación de la reina de Aragón, que había plantado su tienda entre ambos ejércitos, y del legado papal, que consiguieron de Álvaro de Luna una tregua provisional, la promesa de respetar los bienes del rey de Navarra y la salvaguardia personal de infante Enrique. A pesar de lo cual, éste, no acompañó a sus hermanos y se instaló en Uclés (Cuenca) para defender su maestrazgo de Santiago, convirtiéndose así en la única fuerza rebelde. Para acabar con ella antes de que se produjera una segunda invasión, Juan II necesitaba tiempo. Para conseguirlo, durante el resto del mes de julio cruzó negociaciones con Alfonso V para confirmar la tregua; pero fueron infructuosas porque el rey aragonés se negaba a la condición previa de no ayudar en adelante a sus hermanos.

En agosto la guerra volvió a comenzar en forma de combates fronterizos. Para defenderse, los castellanos formaron una larga línea dividida en cuatro sectores que abarcaba desde la frontera con Navarra hasta la de Murcia. Línea que Alfonso V logró romper tomando las sorianas villas de Deza, Vozmediano y Ciria. Mientras esto ocurría, los infantes Enrique y Pedro se habían refugiado en Extremadura, en donde estaban sus fieles fortalezas de Alburquerque (Badajoz) y Trujillo (Cáceres).

Durante los cuatro últimos meses de aquel año, la guerra se hacía cada vez más favorable a las armas del condestable. Los infantes en un constante repliegue, se refugiaron en Alburquerque, pero sin la posibilidad de pasar al cercano Portugal porque Álvaro de Luna había conseguido de su rey la promesa de no prestarles ayuda.

En enero de 1430, Juan II y su valido, después de fracasar el intento de tomar a los infantes el castillo de Alburquerque, se retiraron con su ejército a Medina del Campo para no perder prestigio con un largo asedio; no sin antes proclamar ante las murallas la sentencia de traición de los dos hermanos. Después, don Álvaro recibió del rey la administración del próspero maestrazgo de Santiago.

En ese mes, ante el fracaso de la invasión y la oposición a su política de las Cortes de Aragón, Alfonso V abandonó la lucha y aceptó la mediación de Portugal para firmar una tregua provisional que daría paso a negociaciones de paz. Pero en febrero se negó a firmar la tregua y declaró que la guerra continuaba. La razón del cambio de parecer fue que el Consejo, dirigido por el condestable, había aprobado la confiscación total de los bienes de los vencidos, y que después habían sido repartidos entre varios magnates.

En marzo, los infantes Enrique y Pedro, que habían salido de Alburquerque para continuar la guerra desde el castillo de Alba de Liste (Zamora), posesión de su madre la reina viuda Leonor, fueron obligados a huir cuando Juan II y Álvaro de Luna los atacaron, aunque no pudieron tomar el castillo. A continuación castigaron el brote de rebelión que se dio en Ledesma (Salamanca) y encarcelaron en un monasterio de Tordesillas a la reina Leonor por sospechas de connivencia con los rebeldes La situación de los infantes se hizo desesperada y su hermano Alfonso V, a pesar de solicitar sin éxito ayuda exterior, no los pudo socorrer.

En julio, debido a la mala situación de los infantes, los embajadores aragoneses y navarros firmaron con los castellanos en Almajano (Soria) las treguas de Majano, que supusieron una completa derrota de las pretensiones de los reyes de Aragón y de Navarra, ya que no les serían devueltas sus posesiones a los infantes de Aragón, ni percibirían las rentas por las mismas. Sólo consiguieron la libertad de la reina viuda Leonor, y el compromiso de que al finalizar la tregua, unos jueces resolverían las reclamaciones de los infantes. Durante la tregua, que duraría cinco años, los infantes de Aragón no podrían entrar en Castilla. Estos rechazaron los acuerdos y volvieron a refugiarse en la fortaleza de Alburquerque para intentar, a pesar de las treguas vigentes y el de los pocos partidarios que no se habían rendido o exiliado ante el acoso del condestable, continuar la rebelión con el apoyo indirecto de Portugal.

En agosto, Alfonso V convocó cortes en Cataluña que fueron un fiel reflejo de la crisis que padecía el campo, donde el movimiento de liberación de los campesinos era rechazado por la nobleza, los eclesiásticos y el patriciado urbano, que pedían al rey la aprobación de varias constituciones; entre ellas, que los campesinos remensas no pudieran reunirse para solicitar liberarse de sus servidumbres, bajo pena de prisión perpetua. En medio de esta situación, Alfonso V, que estaba recibiendo peticiones desde Nápoles de diferentes barones italianos, incluso de la misma reina Juana II, para que volviese, puso en manos de la reina María la misión de buscar una solución a los problemas y se dispuso a conquistar Nápoles, no sin antes haber conseguido de las cortes un servicio de ochenta mil florines para su futura empresa napolitana.

En enero de 1432, desde Alburquerque los infantes Enrique y Pedro, disgustados por el fracaso de las negociaciones para la devolución de sus patrimonios, volvieron a levantarse apoyados desde Portugal por sus partidarios que compraban armas y caballos para enfrentarse al condestable, y por tanto a Juan II. Tras la protesta del condestable, el rey portugués prohibió la ayuda a los infantes para respetar la tregua.

En mayo, después de encargar por segunda vez la lugartenencia de los reinos a la reina María, Alfonso V embarcó en Barcelona en una flota de veintinueve galeras y nueve navíos para, oficialmente, hacerle la guerra al reino hafsí de Túnez, pero realmente pretendía conquistar Nápoles. Tras hacer escala en Cerdeña, llegó a Sicilia donde se reforzó con otras catorce galeras y doce navíos. Desde allí, partió hacia la isla tunecina de los Gelves donde esperó la llegada del sultán, al que derrotó. A continuación volvió a Sicilia y se instaló en Siracusa para preparar la toma de Nápoles.

En julio, el sobrino del maestre de Alcántara aprovechó su ausencia de la sede de la orden para hacerse con el control de la villa de Alcántara (Cáceres) y tomar prisionero al infante Pedro que había acudido allí para hacerse cargo de los bienes del maestrazgo. Aunque todavía el infante Enrique conservaba varias fortalezas, la prisión de su hermano Pedro le hizo ver que la rebelión había fracasado definitivamente.

En agosto, las intrigas que enfrentaban a partidarios de Alfonso V con los de Luis III de Anjou y la ambición desmedida de Caracciolo, puede que fueran los motivos por los que la reina Juana II de Nápoles ordenara el asesinato de su senescal.

En noviembre, después de largas negociaciones con mediadores de Portugal, el infante Pedro fue puesto en libertad y el infante Enrique rindió Alburquerque. En diciembre, los infantes, acompañados de la infanta Catalina y de varios seguidores, abandonaron Portugal para reunirse con su hermano Alfonso V en Sicilia. A finales de aquel año, la flota aragonesa se trasladó desde Siracusa a su bastión napolitano de la isla de Ischia.

En abril de 1433, el magnicidio de Caracciolo provocó que los partidarios de Alfonso V obligaran a la reina a reconocerlo como heredero. A ello se opusieron Eugenio IV y una liga que inmediatamente se formó integrada por Segismundo, rey de romanos (emperador sin coronar del Sacro Imperio Romano Germánico; lo sería en mayo de ese año), Venecia, Florencia y el duque de Milán, señor de Génova, que, además, empujaron a Juana II a volver a adoptar a Luis III de Anjou. La potencia de sus enemigos hizo que Alfonso V postergase sus planes y firmase una tregua por diez años con la reina Juana en julio de aquel año.

En ese mes, aprovechando la tregua y después de haber obtenido de Eugenio IV un subsidio de Cruzada de cien mil florines, Alfonso V partió con su flota desde Ischia y, pasando por Trápani en Sicilia, puso rumbo a Trípoli (actual Libia) donde tomó varias naves mercantes fondeadas en su puerto. A continuación intento repetir el ataque a los Gelves, pero las condiciones atmosféricas le llevó a desembarcar en la cercana plaza tunecina de Sfax, donde sufrió una derrota porque las tropas enemigas estaban avisadas. Esta desastrosa expedición fue la última que Alfonso V realizó en tierras del islam.

En abril de 1434, el corso Vicentello de Istria fue hecho prisionero cuando se dirigía a Cerdeña para pedir ayuda. Conducido a Génova, fue ejecutado. Con su muerte acabó toda esperanza de hacer efectivo el dominio aragonés en Córcega.

En julio, el infante Juan, rey de Navarra, se trasladó a Sicilia para convencer a su hermano Alfonso V de la necesidad de su regreso para continuar la guerra contra Castilla. El motivo era el entorpecimiento continuo que provocaban los castellanos en la resolución de las reclamaciones acordadas en las treguas de Majano, y el infante no tenía la fuerza suficiente para atacar en solitario.

En febrero de 1435, cuando Alfonso V ya estaba convencido de la necesidad de volver a sus reinos peninsulares, murió la reina Juana II de Nápoles. Tres meses antes había muerto Luis III de Anjou y la reina había nombrado nuevo heredero, sin comunicarlo al papa, al hermano de Luis III, Renato, duque de Anjou, de Bar y conde de Provenza, pero que estaba prisionero del duque Felipe III de Borgoña desde su derrota en la batalla de Bulgnéville (Francia) en 1431. Estos fallecimientos hicieron que el rey aragonés reconsiderara su decisión y volviera a retomar su intención de proclamarse rey de Nápoles, a pesar de la oposición del papa, que quería que Nápoles fuera un feudo del papado, y la del duque de Milán que se unió a franceses (angevinos), genoveses y a Francisco Sforza. Debido al inminente reinicio de la guerra, las reinas María y Blanca, de Aragón y Navarra respectivamente, consiguieron del rey Juan II de Castilla prorrogar la tregua hasta noviembre de ese año.

En mayo, para realizar sus propósitos, Alfonso V salió de Mesina con una flota compuesta de once galeras y catorce navíos para ir contra Gaeta. En unión con el príncipe de Tarento y sus hermanos Juan y Enrique, inició el cerco a la ciudad. Los sitiados lograron pedir auxilio a genoveses y al duque de Milán; y cuando ya estaban a punto de rendirse, apareció la armada genovesa compuesta de doce naves, dos galeras y una galeota, que se situó junto a Terracina, a unos cincuenta kilómetros al norte de Gaeta. En agosto, para enfrentarse a aquella flota, el rey y sus hermanos se embarcaron en compañía de un numeroso grupo de la nobleza de Aragón, Cataluña, Valencia, Sicilia y muchos caballeros castellanos, que querían asistir a lo que creían sería una gran victoria. En aguas de la isla de Ponza, a unos cincuenta kilómetros al oeste de Gaeta, las flotas se enfrentaron y se produjo una terrible batalla naval. Aunque la de los genoveses y milaneses era más reducida, venció a la aragonesa. Alfonso V, Juan de Navarra y el infante Enrique fueron hechos prisioneros por el duque de Milán y llevados a varias plazas, y por último a Milán; el resto de los cautivos fueron trasladados a Génova. El infante Pedro se salvó porque, al parecer, permaneció en el asedio de Gaeta. La derrota hizo que nuevamente las reinas de Aragón y Navarra negociaran con Castilla una ampliación de la prórroga por otros nueve meses.

En octubre, Alfonso V, tras lograr convencer al duque de Milán de que proteger la causa de Renato de Anjou equivalía a ayudar a los franceses a apoderarse de Nápoles, a hacer de Génova una posesión de Francia y a tener en contra a los Sforza y al papado, mientras que con Aragón tendría un aliado más seguro, firmó un pacto de alianza y amistad por el que el duque ayudaría al aragonés en la conquista de aquel reino, y Alfonso V se obligaba a proteger al de Milán en todas sus empresas contra el papado, Venecia y los Sforza. Además, se estableció una promesa de rescate de treinta mil ducados que el duque adelantó para cubrir los gastos mientras el rey estuvo bajo su amparo.

A primeros de diciembre, como consecuencia de la alianza fueron puestos en libertad Alfonso V y sus hermanos Juan y Enrique. Inmediatamente, el rey los envió de vuelta a la península ibérica nombrando al primero lugarteniente con todos los poderes de Aragón, Mallorca y Valencia, con la excepción de Cataluña que seguiría bajo la responsabilidad de la reina María, y al segundo le dio el condado de Ampurias en Cataluña y algunas posesiones en Castellón y Valencia, para que pudiera sostenerse mientras recuperaba sus rentas en Castilla.

En ese mismo diciembre, la reina María, que todavía no sabía que el rey había sido liberado, convocó cortes en Monzón (Huesca) para pedir un subsidio de treinta mil ducados, que servirían para hacer frente al rescate que liberaría a su esposo. Con el mismo propósito reunió cortes en Valencia y Cataluña.

En febrero de 1436, Alfonso V llegó a Gaeta después de haber salido de Milán y viajado hasta la ciudad costera de Porto Veneris, donde se había embarcado en su rehecha flota. Antes de su llegada, la ciudad había sido entregada al infante Pedro en virtud del pacto con el duque de Milán. También, el infante había conquistado la cercana ciudad de Terracina, perteneciente al papado. Este hecho, y la presión de los franceses, hicieron que el papa se declarara abiertamente enemigo de Alfonso V y otorgara a Renato de Anjou la investidura del reino de Nápoles. Además, se alió, en contra de Alfonso V y del duque de Milán, con los venecianos, florentinos y genoveses, que se habían declarado independientes debido a la liberación del aragonés. Ante la actitud del papa, Alfonso V mandó retirar de Roma a todos sus prelados y eclesiásticos, incluso a su embajador el obispo de Lérida, para no apoyarle en el enfrentamiento que tenía lugar en el concilio de Basilea (Suiza) entre los que defendían que el papa era la máxima autoridad en la Iglesia y los que sostenían que lo era el concilio. Mientras tanto, Alfonso V reconquistó Capua, a unos treinta kilómetros de Nápoles, ciudad donde reinaba, con el beneplácito de los napolitanos, Isabel de Lorena, que había sido enviada por su esposo Renato de Anjou, que seguía en poder del duque de Borgoña.

A abril, recién terminadas las cortes de Monzón, el rey de Navarra trató con los representantes de los reinos la necesidad de otorgar subsidios al rey para continuar la conquista de Nápoles. Para obviar las dificultades que siempre ofrecían las asambleas generales, se acordó que se formaran parlamentos en una ciudad de cada territorio: en Cataluña se eligió Tortosa; en Valencia, Morella, y en Aragón, Alcañiz. Parece ser que solamente catalanes y aragoneses aportaron subsidios: los primeros ofrecieron emplear cien mil florines en armar una flota; y los segundos prefirieron contribuir con doscientos mil florines en metálico.

En ese mismo mes, el rey de Navarra pudo proponer y conseguir que se iniciaran negociaciones de paz con Castilla bajo las condiciones de la restitución mutua de castillos y la devolución de bienes a los exiliados. En septiembre, con la tregua ya acabada en mayo, concluyeron las negociaciones con la firma en Toledo de un acuerdo de paz por el que los infantes renunciaban a sus reivindicaciones a cambio de exiguas indemnizaciones. El acuerdo fue recibido con gran entusiasmo por el rey de Navarra porque se incluía en él un compromiso de matrimonio entre su hija Blanca y el infante Enrique de Castilla, ya que le permitiría recuperar sus posesiones y volver a influir en la política castellana.

En noviembre, después de que el papa Eugenio IV exigiese a Alfonso V que abandonara su intención de hacerse con el reino de Nápoles y que enviase a su legado, el patriarca de Alejandría, con tropas para atacarle, Alfonso V salió de Capua, donde estaba con su ejército y con los príncipes y barones italianos que le apoyaban, y se apoderó de las villas y castillos de las inmediaciones de Nápoles; y, además, logró acercarse por dos veces a los muros de la capital.

A principios de 1437, Alfonso V dominaba los principados de Capua y de Salerno, el valle de San Severino, la costa del ducado de Amalfa, juntamente con las ciudades de Gaeta, Capua, Ischia, y los castillos Nuevo y del Ovo, de manera que no le restaba sino la capital a la que puso sitio. La ciudad no podía defenderse por mucho tiempo, pero gracias a que el pontífice consiguió que Génova, Florencia y Venecia armasen una flota que se coordinó con las tropas del legado, y a pesar de que Alfonso V mandara llamar al infante Pedro para que acudiese con la flota de Sicilia, Nápoles pudo resistir y el rey aragonés tuvo que levantar el sitio en abril. La nueva situación, alentó a los napolitanos a hacer una salida que fracasó ante la respuesta de los aragoneses. Pero no tuvo la misma fortuna el príncipe de Tarento, que después de ser derrotado y hecho prisionero por el legado papal, se pasó a su bando. Esta pérdida quedó compensada por Antonio Colonna, príncipe de Salerno y cabeza del bando papal, que se pasó al de Alfonso V.

Ante las alianzas del papa, la actividad militar de su legado y la posición cambiante de los barones italianos, Alfonso V decidió negociar con el pontífice. Le ofreció que si le confirmaba la investidura del reino de Nápoles haría que se restituyera a la iglesia todas las tierras que estaban ocupadas, incluyendo la Marca de Ancona que el conde Francisco Sforza había tomado, y que, además de otros asuntos, le apoyaría en todos los conflictos que mantenía con el concilio. Eugenio IV aceptó la propuesta y firmó una tregua, pero en diciembre fue rota por el legado papal, que unido al gran enemigo de Alfonso V, el condotiero Jacobo Caldora, realizó un ataque imprevisto al campamento aragonés que obligó al rey a huir precipitadamente hacia Capua. Alfonso V se quejó al papa y le pidió que sacara al legado del reino. Así lo hizo el legado, que se marchó a Venecia, pero no porque se lo ordenara Eugenio IV, que desoyó la protesta, sino porque el legado temió por su vida ante el desamparo de los suyos.

En mayo de 1438, después de que Isabel de Lorena pagase cuatrocientos mil escudos de oro al duque de Borgoña por la liberación de su esposo, Renato de Anjou llegó a Nápoles muy empobrecido por el pago. A pesar de ello, logró costear un ejército que le permitió retar a un desafío a Alfonso V. El encuentro se daría en septiembre pero Renato, temiendo perder, no se presentó y prefirió luchar para apoderarse de la región de los Abruzos en el este de Roma.

En septiembre, a pesar de la pequeña flota de siete naves, cuatro galeras y unas pequeñas fustas que poseía en aquella ocasión, Alfonso V inició el asedio a Nápoles por mar y por tierra. Un mes más tarde, durante el asedio, el infante Pedro murió cuando le alcanzó en la cabeza una bala de bombarda. A pesar de la desgracia y de la petición que le hacían desde las cortes de sus reinos peninsulares para que regresara, Alfonso V decidió continuar con el asedio, pero al mostrar sus aliados un escaso interés, levantó el cerco en diciembre y se retiró a Capua, y más tarde a Gaeta. Allí tuvo noticias de que tropas francesas amenazaban el condado del Rosellón, integrante de la Corona de Aragón y situado en la vertiente norte de los Pirineos orientales.

En 1439, mientras Alfonso V conquistaba las villas cercanas a Nápoles de Pomigliano y Caivano, una flota genovesa consiguió, tras una dura resistencia de sus defensores, apoderarse de los castillos Nuevo y del Ovo, que fueron entregados a los embajadores franceses y estos a Renato de Anjou. A pesar de la pérdida, el rey aragonés continuó guerreando y tomó Salerno, aunque no pudo con su castillo; después fue a combatir a Jacobo Caldora, que intentaba socorrer a Nápoles.

En octubre se produjo un nuevo Cisma en la Iglesia cuando los obispos contrarios a Eugenio IV, en nombre del concilio le suspendieron y le privaron del poder temporal y espiritual para proclamar al duque Amadeo de Saboya nuevo papa con el nombre de Félix V. En un principio, Alfonso V trató al mismo tiempo con Eugenio IV, con el concilio de Basilea y con el papa intruso Félix V, sin declararse por ninguna de las partes; pero después prometió a este último que le reconocería como nuevo papa si le confirmaba la adopción y donación del reino de Nápoles hecha por la reina Juana II.

En noviembre, para esquivar a las tropas de Alfonso V, Jacobo Caldora, en su camino a Nápoles dio un rodeo y murió de un ataque de apoplejía cuando preparaba el asalto a Circello, a unos noventa kilómetros de la capital.

En enero de 1440, tras la muerte de Caldora, Renato de Anjou intentó abandonar la ciudad en una nave genovesa para pedir ayuda a Eugenio IV que estaba en Florencia, pero los napolitanos se lo impidieron. Logró su propósito al disfrazarse para atravesar las líneas del ejército de Alfonso V, que acababa de conquistar la ciudad de Aversa, a quince kilómetros de Nápoles, y llegar a Áquila, en los Abruzos, donde pidió ayuda a Antonio Caldora, duque de Bari e hijo del difunto Jacobo Caldora, para recuperar la ciudad de Aversa, no su castillo que continuaba en poder de los Caldora. Al no conseguirla, Renato de Anjou envió un mensaje a Alfonso V diciéndole que, para evitar destruir el reino dilatando la guerra, sería conveniente terminarla con un solo combate entre dos personas, dos escuadrones o dos ejércitos. Ante la negativa de Alfonso V, Renato de Anjou atacó y fue derrotado por el rey aragonés, que dirigió la batalla desde una litera por encontrarse enfermo. A continuación, Antonio Caldora se pasó al bando de Alfonso V, le entregó el castillo de Aversa y recibió a cambio diez mil ducados. A este castillo le siguió la conquista del de Salerno.

En ese año, Alfonso V legitimó a su hijo bastardo Fernando (o Ferrante). Se desconoce quién fue su madre, aunque se barajan varias candidatas.

En enero de 1441, Alfonso V conquistó la ciudad de Benevento, a unos cuarenta y cinco kilómetros al nordeste de Nápoles, que era un feudo de su enemigo Francisco Sforza. En abril, el rey aragonés ayudó al duque de Milán en la invasión de la Marca, territorio junto a mar Adriático al este de Roma, que le había ocupado Francisco Sforza. En julio, tras conquistar varios castillos a Sforza, Alfonso V derrotó a sus tropas y a las del legado de Eugenio IV en la batalla de Troia, a unos cien kilómetros al nordeste de Nápoles, ganando así toda la región de Calabria. Ante ello, Renato de Anjou, Eugenio IV, Florencia, Venecia, Génova y gran parte de los grandes señores italianos volvieron a aliarse contra el rey aragonés, no sólo para impedirle conquistar Nápoles, sino para expulsarle de Italia.

En noviembre, Alfonso V sitió al mismo tiempo Nápoles y la cercana ciudad costera de Pozzuoli, que se rindió casi inmediatamente. Actuó en contra del consejo de su aliado el duque de Milán que le pedía que negociara la paz con los confederados. El mes anterior se había realizado el matrimonio de la hija natural del duque con Francisco Sforza y Alfonso V le recriminó este enlace porque había entregado su hija a un enemigo faltando a su compromiso de casarla con su hermano el infante Enrique. El duque puso la disculpa de haber sido por necesidad.

En junio de 1442, tras una dura resistencia de los napolitanos ayudados por los genoveses y por Antonio Caldora, que se había vuelto a rebelar contra el rey al ser instigado por Francisco Sforza, Alfonso V logró introducir parte de sus tropas en la ciudad utilizando un antiguo acueducto subterráneo y consiguiendo hacerse fuertes en una torre de la muralla. Al darse la alarma, los defensores dejaron desguarnecida una de las puertas de la ciudad para desalojar de aragoneses la torre, circunstancia que permitió la entrada de Alfonso V en Nápoles y apoderarse de ella. Pocos días después, Renato de Anjou, que se había refugiado en el castillo Novo, se fugó a Florencia en una nave genovesa, y posteriormente marchó a sus posesiones en Francia. Cuando Alfonso V se vio vencedor, prohibió el saqueo bajo pena de muerte y salió de la ciudad para enfrentarse, derrotar y luego perdonar al rebelde Antonio Caldora. Ante la trayectoria victoriosa del rey aragonés, sus enemigos confederados, incluido Eugenio IV, decidieron, bajo la mediación del duque de Milán, pedir la paz, que Alfonso V aceptó.

En febrero de 1443, cinco días después de su entrada solemne en la ciudad de Nápoles, Alfonso V hizo que el parlamento jurara como heredero a su hijo natural Fernando, al que tituló duque de Calabria. A continuación, dio muestras de su magnanimidad concediendo un indulto general para todos sus antiguos enemigos sin excepción, y recompensando largamente a sus leales servidores. Poco después se decidió por Eugenio IV, en detrimento de Félix V, reconociendo al primero como legítimo papa y firmando la paz. Ello le valió la investidura del reino de Nápoles; pero a cambio, Alfonso V tuvo que recuperar para el papa la región de las Marcas, donde derrotó a Francisco Sforza en julio de aquel año.

En abril de 1444, Alfonso V firmó la paz con Génova. Una de las razones de esta actuación fue la petición que le hizo el duque de Milán de que procurase concertar treguas con aquella república. También le rogó que cesara de hacerle la guerra en las Marcas a su yerno Francisco Sforza, con el que se había amigado por diferentes causas.

En ese año, Alfonso V, para garantizar la sucesión en el reino buscó el apoyo de los nobles casando a su hijo bastardo Fernando con Isabel, hija del conde de Clermont y sobrina, y posible heredera, del príncipe de Tarento.

En mayo de 1445, el infante Juan, rey de Navarra, y el infante Enrique, hermanos de Alfonso V, fueron derrotados en Olmedo (Valladolid) por Juan II de Castilla. Mientras sus seguidores fueron hechos prisioneros, los infantes, tras refugiarse en la ciudad, lograron huir al día siguiente a Zaragoza. Pocos días después, murió el infante Enrique como consecuencia de una herida recibida en la batalla.

Durante 1446, el papa Eugenio IV y Alfonso V sintieron, por diferentes motivos, la necesidad de tener paz en Italia. Para conseguirla, se enviaron mutuamente embajadores para concertar los medios. Pero las rencillas entre príncipes y barones dificultaban la labor de pacificación que intentaba Alfonso V, que era el más interesado en conseguirla. Así, tuvo que rechazar la petición del duque de Milán, su gran amigo, de sojuzgar nuevamente a Génova porque le estaba atacando; y, para compensarle, le envió quince galeras para que se defendiera de los venecianos, que le habían tomado el condado de Cremona y avanzaban hacia Milán. También, tuvo que socorrer al papa guerreando contra Francisco Sforza y los florentines, hasta obligar a estos a pedir negociaciones de paz.

En febrero de 1447 murió el papa Eugenio IV, y al mes siguiente el concilio proclamó papa a Nicolás V. El nuevo papa, a diferencia del anterior, era un ferviente partidario de la paz. A ella contribuyó Alfonso V que, de acuerdo con el duque de Milán, se amigó con Francisco Sforza al que dio el mando del ejército para que hicieses la guerra a florentinos y venecianos, que casi eran los únicos que se oponían a la pacificación.

En agosto, un día después de la muerte del duque de Milán, un grupo de nobles milaneses proclamaron la República Ambrosiana Dorada. Pero el difunto duque había dispuesto por testamento que Alfonso V fuese el heredero universal de sus estados, dejando a su hija, esposa de Francisco Sforza, solamente el condado de Cremona. El rechazo a esta disposición, no sólo fue de parte de los milaneses, del papado, de los demás principados y repúblicas de Italia, o el de Alemania y Francia, sino que también la del propio Alfonso V, que vio el gran perjuicio que sería para la pacificación acceder a la herencia utilizando la fuerza. Por ello, envió embajadores a los milaneses para manifestarles que su intención era la de actuar con su acuerdo y beneplácito, y ayudarlos a defenderse de sus enemigos. Al comprobar que las repúblicas de Florencia y Venecia se habían coaligado para ocupar el ducado de Milán y repartírselo, Alfonso V decidió hacerles la guerra. Por otra parte, Francisco Sforza, que aspiraba a la sucesión del ducado por su matrimonio, estaba enfrentado por este motivo a las dos repúblicas y a los milaneses. Para conseguir su propósito, pidió al rey aragonés que no se opusiera a su sucesión al ducado y le ayudara para ir a la guerra contra sus enemigos. Alfonso V accedió a la petición y le proporcionó tropas bajo el compromiso de reconocerle en vasallaje por el Milanesado y por el condado de Pavía.

En 1448, Alfonso V comenzó la guerra asediando Piombino, ciudad costera en el oeste de Italia que era aliada de Florencia. En marzo, durante el sitio, embajadores de la república milanesa le pidieron protección porque Francisco Sforza atacaba su ciudad para ocuparla, como estaba haciendo con otras sin tener en cuenta su pertenencia. Además, le rogaron que hiciera la guerra en la zona de Padua, cercana a Venecia, ofreciéndole su adhesión y el nombramiento de defensor y protector de su libertad. A pesar de tan exigua oferta, Alfonso V aceptó y envió a los milaneses un socorro de cuatro mil caballos con la condición de que todo lo que conquistase desde el río Adda, a unos cincuenta kilómetros al este de Milán sería para él, y que desde el Adda hacia Milán sería para los milaneses.

A finales de ese verano, Alfonso V tuvo que levantar el asedio de Piombino y retirarse a Gaeta debido a que se había declarado la peste.

En mayo de 1449, el antipapa Félix V renunció a su pontificado atendiendo la petición del rey de romanos Federico III de Habsburgo. El emperador Segismundo había muerto en diciembre de 1437.

En junio, Alfonso V ordenó a su almirante Vilamarí combatir a Francisco Sforza y a sus aliados. En este enfrentamiento, el rey aragonés se alió con Milán para atacar conjuntamente a Venecia. El motivo fue que los venecianos habían incendiado una galera aragonesa cuando pasaba cerca de su costa. Alfonso V reforzó la flota de Vilamarí y la envió al mar Adriático donde asoló varias islas venecianas. Esta acción provocó que Venecia firmara la paz y que la flota regresara a Nápoles.

Ese mismo año, la flota del almirante Vilamarí atacó a los turcos en el Mediterráneo oriental porque estaban realizando correrías en varias islas cristianas. Después de permanecer más de un año en aquellas aguas, donde se apoderó la isla de Rodas y de muchas embarcaciones turcas, regresó a Nápoles dejando una guarnición en la isla.

En febrero de 1450, después de una gran hambruna en la ciudad, Francisco Sforza se declaró duque de Milán. El rechazo a esta acción por arte de Alfonso V y de Venecia provocó el comienzo de la guerra.

También en ese año, embajadores de Florencia firmaron la paz con Alfonso V y le concedieron lo que había conquistado.

En febrero de 1451, Alfonso V recibió a los embajadores de Demetrio Paleólogo, déspota de Morea, de Aranilo Connonevili, conde Albania, y de Jorge Castriota (llamado Skanderbeg por los turcos), caudillo albanés, con los que concertó una alianza para defenderse mutuamente de los ataques de las tropas del Imperio turco otomano, que avanzaban por la península balcánica. Mientras tanto, los barones de Cerdeña, y mayormente los de Córcega, pidieron a Alfonso V que acudiera para liberarlos de la opresión que algunos mandatarios ejercían sobre ellos. El rey aragonés acudió con su flota y recobró prontamente en Cerdeña los lugares que habían ocupado los opresores. Con respecto a Córcega, debido a que sus habitantes estaban muy divididos entre los que querían estar bajo la obediencia del rey y los que eran partidarios de los genoveses, se dedicó a proteger los lugares de sus partidarios sin inmiscuirse en los de los genoveses. Cuando estaba a punto de lograr sus propósitos, Alfonso V recibió la noticia de que Florencia estaba secretamente enviando ayudas a Francisco Sforza para hacer la guerra a los venecianos. Para evitarlo regresó y, juntamente con Venecia, les apercibió para que desistieran de romper la paz en Italia.

En diciembre, para hacer frente a los problemas en que estaban inmersos sus reinos peninsulares, embajadores de Cataluña, en nombre del principado, ofrecieron a Alfonso V la cantidad de cuatrocientos mil florines de Aragón a pagar cuando el rey hubiese llegado a sus costas. Pero el rey, sin rechazar el ofrecimiento, priorizó la resolución de sus asuntos en Italia.

En marzo de 1452, la infanta Leonor de Aragón, sobrina de Alfonso V, llegó por mar desde Portugal y fue coronada en Roma por el papa Nicolás V emperatriz del Sacro Imperio junto con su marido Federico III, con el que se había casado tres días antes en Nápoles.

En junio, ante la persistencia de los florentinos en seguir socorriendo a Francisco Sforza, Alfonso V, después de aceptar la petición de Venecia, envió a Toscana a su hijo Fernando, duque de Calabria, con un ejército de seis mil jinetes y veinte mil infantes para que atacara a Florencia. Primeramente tomó la fortaleza de Foiano y dos castillos más, y a continuación se asentó en las cercanías de Acquaviva, a unos noventa kilómetros al sur de Florencia, donde se enfrentó en aquel verano a las tropas de los Sforza. Con ello se reiniciaba la guerra. Los florentinos buscaron la ayuda del rey de Francia, pero ante su negativa, llamaron a Renato de Anjou, que volvió de Francia con la intención de recuperar el reino de Nápoles con la ayuda de Florencia, Milán y Génova.

En diciembre, después de que hubiera anunciado que iría a ayudar con tropas a su hijo, Alfonso V envió siete galeras y varios navíos a la costa de Toscana que se apoderaron de la florentina ciudad portuaria de Vada y de su fortaleza. A continuación ordenó que desde esa posición se abasteciese de vituallas, traídas desde Cerdeña, al ejército del duque de Calabria.

En mayo de 1453, tras un asedio por tierra y mar que comenzó en abril, Constantinopla fue conquistada por los turcos del Imperio otomano. Antes de la caída, Alfonso V había pedido con insistencia y poco éxito al papa que instase a los reinos cristianos a prestar socorro al emperador bizantino Constantino XI Paleólogo; ayuda que se sumaría a las galeras que Aragón ya mantenía en Levante contra los turcos desde hacía tres años. Pero la única respuesta de aquellos reinos, que no impidió la derrota, la muerte del emperador y la de su corte por los asaltantes, fue solamente la de cuatro galeras genovesas pagadas por el papa, que habían llegado en abril.

En julio, Alfonso V recibió del papa, a través de su legado, el ruego de procurar la paz en Italia que propiciara hacer un frente común con los demás príncipes para oponerse a los peligros que suponían los turcos para la cristiandad. El rey de Aragón y Nápoles comunicó al papa Nicolás V que no podía responder sin antes ponerse de acuerdo con Venecia y otros príncipes de Italia con los que había formado una liga. Además, le manifestó que la guerra que hacía a Florencia era debida a la ayuda que ésta prestaba al conde Francisco Sforza; y que desistiría de hacerla si dejara de auxiliar al conde. Además, estaba dispuesto a admitir a Sforza en la liga que tenía con Venecia y otros príncipes, contribuyendo así a conseguir una eficaz paz en Italia.

En agosto salió de Nápoles Alfonso V con sus tropas para unirlas a las de su hijo en Toscana y enfrentarse al duque de Anjou. Durante el trayecto tuvo la noticia de que la fortaleza de Foiano había sido reconquistada por los florentinos, y que, además, marchaban para recuperar Vada.

En octubre, Alfonso V, que se había tenido que retirar a un castillo debido a unas fiebres provocadas por una infección en una pierna, decidió que el almirante Vilamarí defendiera, y lo consiguió, la ciudad de Vada. También ordenó a su senescal que continuase con el ejército la marcha hacia Toscana para unirse al del duque de Calabria y presentar juntos batalla a Renato de Anjou que estaba enfrentándose a los venecianos. También ordenó que ocho galeras fueran a Levante para socorrer los territorios venecianos amenazados por los turcos. Por la misma razón, envió gentes de armas al caudillo albanés Castriota. Mientras tanto, el papa pedía a todos los príncipes italianos que enviasen sus embajadores a Roma para tratar de la paz universal.

En diciembre se firmó un tratado de paz con Castilla que no resolvía los problemas enquistados por tantos años de hostilidad. Por él, todas las villas en litigio serían entregadas a María, reina de Aragón, para que los restituyera en determinados plazos.

También a finales de aquel año, Renato de Anjou, teniendo constancia de que Francisco Sforza le había desamparado después de haberse aprovechado de su prestigio, regresó a sus territorios de Provenza y acudió al rey Carlos VII de Francia para pedirle gentes de armas con las que atacar al condado de Rosellón en desquite contra Alfonso V por haberle desposeído del reino de Nápoles; petición que el rey francés rechazó.

En enero de 1454, el duque de Calabria había detenido la guerra contra los florentinos en Toscana y repartido su ejército por diferentes guarniciones en la república de Siena, que estaba enfrentada a Florencia. En marzo, por orden de Alfonso V, el duque de Calabria regresó a Nápoles dejando a sus tropas en la frontera de los territorios papales.

En abril, Milán y Venecia, para poner fin a las guerras de Lombardía, firmaron una paz por separado en la ciudad lombarda de Lodi, a la que poco después se adhirió Florencia. Por el tratado se reconoció a Francisco Sforza como duque de Milán con la condición de su renuncia a las ciudades de Bérgamo, Brescia, Verona y Vicenza. Al mismo tiempo se preparó el texto de una liga itálica, propiciada por el papa, que pretendía que los diferentes estados italianos se comprometiesen durante veinte años a respetar sus fronteras y a crear un ejército común para ir contra cualquier agresión exterior, especialmente contra los turcos.

En julio murió el rey Juan II de Castilla y fue sucedido por su hijo Enrique IV.

En agosto, mientras se firmaba la liga para mantener la paz en toda Italia, dieciséis naves genovesas se presentaron ante el puerto de Nápoles con la intención de quemar dos grandes naves que había mandado construir Alfonso V y recuperar otras tomadas el año anterior. Pero no se atrevieron a actuar y prefirieron pedir a Génova otras diez galeras bien armadas. El rey actuó rápidamente enviando a la flota de Vilamarí contra ellas y consiguiendo derrotarlas. Posteriormente, los ataques de las naves del rey continuaron hostigando a las genovesas en sus propias costas desde principios de aquel invierno.

En enero de 1455, Alfonso V firmó en Nápoles un tratado de paz y amistad con el duque de Milán y con los florentinos; confirmando así el firmado el año anterior por Venecia y Francisco Sforza. El mismo día, en presencia del legado papal y del arzobispo de Nápoles, aprobó la liga formada en el pasado agosto.

En abril, tras la muerte de Nicolás V, fue proclamado papa el casi octogenario Alfonso de Borja, cardenal y obispo de Valencia, con el nombre de Calixto III. Alfonso V acogió la proclamación con gran satisfacción, ya que el nuevo papa había sido uno de sus principales consejeros en los inicios de su reinado y le había prestado posteriormente importantes servicios, que había premiado favoreciendo su ascenso eclesiástico tanto con el obispado como con el cardenalicio.

En mayo, el nuevo papa puso en práctica su gran deseo de luchar contra los enemigos de la cristiandad publicando una bula de cruzada contra los turcos otomanos. En ella se fijaba la partida de las tropas para el primero de marzo del año siguiente.

En junio, tras la súplica de Alfonso V para que Calixto III concluyera el proceso de canonización que había iniciado Nicolás V, fue elevado a los altares el valenciano fraile dominico Vicente Ferrer, que había pregonado en Caspe (Zaragoza) el resultado de la votación a favor del infante Fernando de Castilla para ser elegido rey de la Corona de Aragón.

En julio, Calixto III dirigió sus tropas contra el condotiero Giacomo Piccinino porque ponía en peligro la paz en Italia al atacar a la república de Siena. El motivo de la invasión fue la negativa de la república a pagar una deuda contraída anteriormente con el difunto padre del condotiero, dinero que necesitaba Piccinino para pagar a su ejército después de que Venecia prescindiera de sus servicios al conseguirse la paz. El condotiero había recurrido a Alfonso V para que intercediera ante el papa para ponerse a su servicio, pero el rey no había conseguido convencer a Calixto III de la utilidad de enviar al condotiero con las tropas del papado a Dalmacia (en la actual Croacia) para parar a los turcos. Para no enfrentarse a las tropas papales, Piccinino se refugió en uno de los castillos de Alfonso V. El papa reprochó al rey que protegiera al condotiero, y que no hubiera empezado a atacar a los turcos a pesar de tener los dineros de la bula de cruzada. Alfonso V contestó al papa que acogía a Piccinino por ser un fugitivo, y no un enemigo de la Iglesia; y que no dejaría de cumplir su obligación de luchar contra los turcos a pesar de que la cruzada solamente la había aceptado el duque de Borgoña y él, mientras otros príncipes se mostraban reacios a embarcarse en la misión. Este intercambio de agrios mensajes fue el comienzo del resquebrajamiento de la armonía entre ambos, que se puso de manifiesto al poner Calixto III a toda Italia en contra de Alfonso V y de Piccinino. Para reforzar su posición, Alfonso V recurrió a alianzas matrimoniales: concertó, con gran disgusto de Calixto III, los esponsales (previo a las bodas) de su nieto Alfonso, príncipe de Capua, con Hipólita Sforza, hija del duque de Milán; y a su otra nieta Leonor con el tercer hijo del mismo duque.

En octubre, Alfonso V, que quería nombrar capitán a Piccinino en la inminente guerra contra los turcos, pidió el apoyo de Francisco Sforza para, en bien de la cristiandad, intentar que el papa cesase en su lucha contra el condotiero. También, con el mismo propósito, envió al papa al embajador señor de Híjar. Ante el apoyo y defensa del condotiero que hacía Alfonso V, el papa encargó que el rey mediara entre la república de Siena y Piccinino para acabar con la guerra que mantenían.

A principios de 1456 se celebraron, con gran pompa, las bodas entre los nietos de Alfonso V y los hijos del duque de Milán.

En mayo, gracias a la mediación del papa y de Alfonso V, la guerra entre la república de Siena y Piccinino terminó con la entrega por parte del condotiero del castillo de Orbetello, última fortaleza que mantenía en su poder.

En julio, ya con la determinación de atacar a los tucos, llegó a Nápoles el cardenal legado del papa Luigi Scarampo con seis galeras para unirse a las quince de Alfonso V y marchar hacia Grecia donde ya estaban otras siete que mandaba el arzobispo de Tarragona Pedro de Urrea, pero que había sido destituido por piratería y sustituido por el legado. Pero antes de iniciar la cruzada, Alfonso V, aprovechando la paz en Italia, había decidido visitar sus reinos peninsulares para resolver, entre otros asuntos, el conflicto sucesorio navarro entre su hermano Juan y el príncipe de Viana, su hijo. Por ello, envió a Roma al conde de Cocentaina para informar al papa de su decisión y, además, pedirle que le otorgara de nuevo las bulas de investidura del reino de Nápoles y el de los vicariatos de Benevento y Terracina para sí y para el duque de Calabria, su hijo. Pero para otorgarlas, Calixto III dio tales de excusas que el conde entendió que era una negativa. Ante ello, reprochó duramente al papa su actitud recordándole los muchos beneficios y favores que había recibido del rey.

En diciembre, Alfonso V, ante la postura de Calixto III, suspendió la cruzada porque temió que negaría su herencia al duque de Calabria si él moría o era derrotado por los turcos. Además, por medio del castellano marqués de Villena y del antiguo justicia de Aragón Ferrer de Lanuza, procuró tener de su parte al rey de Castilla Enrique IV firmando un pacto de concordia y amistad para en el caso que resolviese apartarse de la obediencia del papa. También puede que influyese en su decisión el gran terremoto que se dio en aquel mes al provocar grandes daños en el reino de Nápoles y la muerte de unas sesenta mil personas.

En marzo de 1457, el príncipe Carlos de Viana, después de haber acudido al rey Carlos VII de Francia y visitado en Roma a Calixto III sin conseguir de ninguno de ellos el apoyo en el pleito que tenía por la sucesión al reino de Navarra con su padre el rey Juan II, llegó a Nápoles y fue recibido por su tío Alfonso V con una buena acogida. Durante su estancia en la capital napolitana recibió la noticia de que, pocos días antes, sus partidarios, los beamonteses, le habían proclamado rey de Navarra. Proclamación que, aconsejado por su tío, el propio príncipe dio instrucciones para que fuera revocada, y esperó confiado el arbitraje del rey aragonés.

En junio, Alfonso V aceptó el arbitraje para solventar el conflicto entre padre e hijo. Por ello, envió a Navarra al maestre de la Orden de Montesa para que su hermano también lo aceptara como mediador.

En octubre, Alfonso V reunió toda su flota y ejército para hacer la guerra a Génova. El motivo fue que Pedro de Campofregoso, duque de Génova, había incumplido el compromiso de entregar al rey aragonés la ciudad corsa de Bonifacio en compensación de toda la ayuda y protección aragonesa que había recibido para defenderlo de sus enemigos. Recibida la orden de ataque, la flota mandada por el almirante Vilamarí, que todavía estaba procediendo a apoderarse de Bonifacio, inició las hostilidades apoderándose de las costeras ciudades genovesas de Noli y Camogli, para finalmente poner sitio a Génova.

En marzo de 1458, el mediador consiguió que los agramonteses, partidarios del rey Juan II, y los beamonteses firmaran una tregua de seis meses en la guerra que sostenían, y que estos últimos revocaran la proclamación del príncipe Carlos como rey de Navarra. Además, consiguió que Juan II paralizara el proceso que había iniciado contra su hijo a la espera del fallo arbitral de Alfonso V.

En abril, tras la petición de ayuda del duque de Génova al rey Carlos VII, al que prometió cederle la señoría de la ciudad, llegaron a Génova tropas francesas enviadas por el rey francés al mando del hijo del duque de Anjou.

En mayo, con el sitio de Génova en marcha, Alfonso V contrajo unas fiebres que le llevaron a la muerte en junio en el castillo del Ovo de Nápoles. Había dejado en su testamento todos los reinos y posesiones a su hermano el rey Juan de Navarra, con la excepción del reino de Nápoles que concedió a su hijo bastardo Fernando, duque de Calabria. Tras la muerte del rey, el papa y muchos de los que habían sido sus leales servidores se opusieron a la sucesión de Fernando, que tuvo que emplear las armas para mantener su herencia. Por su parte, el príncipe de Viana, que había sido tentado por los opositores, consintió en marchar a Sicilia después de que Fernando le confirmase que le entregaría los doce mil ducados de renta que le había dejado su tío.

Había muerto un rey seducido completamente por el “Renacimiento” que se extendía por toda Italia, y que había practicado el mecenazgo apoyando a artistas y humanistas. Su reputación de magnanimidad se extendía a su trato con los vencidos y a su protección de los más débiles, lo que contribuyó a su imagen de gobernante justo y generoso.


Sucesos contemporáneos

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Reyes y gobernantes coetáneos

Castilla y León:

Reyes de Castilla y León.

Juan II (1406-1454).
Enrique IV "el Impotente" (1454-1474).

Navarra:

Reyes de Navarra.

Carlos III "el Noble"(1387-1425).
Blanca (1425-1441) y Juan II (de Aragón) (1425-1479).

Condado catalán
no integrado en la
Corona de Aragón:

Condes de Pallars-Sobirá.

Hugo Roger II (1369-1416).
Roger Bernardo (1416-1424).
Arnaldo Roger IV (1424-1451).
Hugo Roger III (1451-1481).

Al-Andalus:

Emires del reino nazarí de Granada.

Yusuf III (1408-1417).
Muhammad VIII (1417-1419) 1ª vez.
Muhammad IX "el Zurdo" (1419-1427) 1ª vez.
Muhammad VIII (1427-1430) 2ª vez.
Muhammad IX "el Zurdo" (1430-1431) 2ª vez.
Yusuf Ibn al-Mawl (1432).
Muhammad IX "el Zurdo" (1432-1445) 3ª vez.
Yusuf V "el Cojo" (1445-1446).
Ismail III (1446-1447).
Muhammad IX "el Zurdo" (1447-1453) 4ª vez.
Muhammad X (1453-1454) 1ª vez.
Sad (1454-1455) 1ª vez.
Muhammad X (1455) 2ª vez.
Sad (1455-1462) 2ª vez.

Portugal:

Reyes de Portugal.
(Dinastía de Avís)

Juan I (1385-1433).
Eduardo I (1433-1438).
Alfonso V (1438-1477).

Francia:

Reyes de Francia.
(Dinastía de Valois).

Carlos VI (1380-1422).
Carlos VII (1422-1461).

Alemania:

Reyes de Germania.
(Dinastía de Luxemburgo).

Segismundo (1410-1437).

(Dinastía de Habsgurgo).

Alberto II (1438-1439).
Federico III (1440-1493).

Emperadores del Sacro Imperio.

Segismundo (1433-1437).
Federico III (1452-1493).

Italia:

Reyes de Italia (Norte).

------- Perteneciente al Sacro Imperio Romano Germánico desde 962.

Dux de la República de Venecia.

Tommaso Mocenigo (1413-1423).
Francesco Foscari (1423-1457).
Pasqual Malipiero (1457-1462).

Estados Pontificios (Papas).

------- Sede vacante (1415-1417).

Matín V (1417-1431).
Eugenio IV (1431-1447).
Felix V (1439-1449). Antipapa.
Nicolás V (1447-1455).
Calixto III (1455-1458).

Rey de Sicilia.

Alfonso V de Sicilia y Aragón (1416-1458).

Reyes de Nápoles.

Juana II (1414-1435).
Luis III (1417-1424). Rival de Juana II.
Renato de Anjou (1435-1442).
Alfonso V de Aragón (1442-1458).

Britania:

Escocia:

Reyes de Escocia.
(Dinastía Estuardo).

Jacobo I (1406-1437).
Jacobo II (1437-1460).

Inglaterra:

Reyes de Inglaterra.
(Dinastía de Lancaster).

Enrique V (1413-1422).
Enrique VI (1422-1461).

División del
Imperio bizantino. (Bizancio):

Imperio bizantino.
Emperadores.
(Dinastía Paleóloga).

Manuel II (1391-1425).
Juan VIII (1425-1448).
Constantino XI (1449-1453).

------- Los turcos otomanos conquistan Constantinopla.

Imperio de Trebisonda.
Emperadores.

Manuel III (1390-1417).
Alejo IV (1417-1429).
Juan IV (1429-1460).

Despotado de Épiro.
Déspotas.
(Dinastía Tocco).

Carlo I (1411-1429).
Carlo II (1429-1448).
Leonardo (1448-1479).

Imperios y sultanatos musulmanes: Califato árabe abbasí:

Califas abbasíes. (Dentro del sultanato mameluco de El Cairo).

Al-Mutadid II (1414-1441).
Al-Mustakfi II (1441-1451).
Al-Qaim II (1451-1455).
Al-Mustanyid (1455-1470).

Imperio turco otomano:

Sultanes.

Mehmed I (1413-1421).
Murad II (1421-1444) 1ª vez.
Mehmed II (1444-1445) 1ª vez
Murad II (1445-1451) 2ª vez.
Mehmed II (1451-1481) 2ª vez..

Sultanato benimerín o meriní:

Sultanes.

Abú Said Utman III (1399-1420).
Abd al-Haqq II (1420-1465).

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